Para la mayor parte de los aficionados musicales españoles, el fallecimiento de Luis de los Cobos, en Ginebra, el pasado viernes pasará quizá desapercibido. Pero el mundo intelectual español no puede ser insensible a la pérdida de uno de los compositores más singulares de la música española actual, por más que su condición de “solitario” y ajeno a las vanguardias le haya mantenido muy alejado de nuestros circuitos musicales.

Había nacido en Valladolid en 1927. Quedó huérfano de padre y madre en los años de la guerra y esto condicionó su personalidad introvertida y triste, pero siempre cortés. Dejó España en 1952 y nunca volvió a residir en su país. De sus sesenta años de ausencia –se encolerizaba cuando alguien le calificaba de exiliado, pues jamás se consideró como tal- casi medio siglo ha residido en Ginebra, ejerciendo como abogado en diversos organismos internacionales.

Adquirió su formación musical en Valladolid y en Madrid. Pero sus años de aprendizaje por Europa fueron decisivos en su orientación estética. En Moscú entabló amistad con Shostakovitch, que le asesoraría en años posteriores sobre algunas de sus obras. Fue Ataúlfo Argenta el primero que, ya en 1955, reparó en el inmenso talento de este vallisoletano residente en Suiza, y se comprometió a estrenar con la Orquesta Nacional su Primera Sinfonía. Pero la muerte del maestro cántabro abortó el proyecto. Desde entonces De los Cobos compuso sólo para su propio placer y por necesidad intelectual. Creo riguroso afirmar que es el único compositor español del siglo que no ha compuesto una sola nota por encargo. En torno a 1995 dejó de componer, con la mayor parte de su catálogo sin estrenar.

Le conocí a mediados de aquel año. Cuando dirigí el estreno de su Oración paralela me di cuenta de que estábamos ante un creador de primer orden. Doy fe de que él ya no quería escuchar su música; tuve que rogarle mil veces que me dejara exhumar partituras antiguas. Logré ir estrenando casi toda su obra orquestal. Y paralelamente, pese a que se había prometido no volver a componer un solo compás, se fue animando a componer de nuevo. Tuvo la gentileza de dedicarme una ópera (Mariana Pineda) y de escribir otras dos obras para el nacimiento de mis dos hijas (Cuentos de la princesa y Nana del Campo Grande). Tras asistir a su Primer Concierto para violín en versión de Ara Malikian, logré “sacarle” un segundo concierto, que estrenamos los mismos intérpretes con la Sinfónica de Madrid.

Pese a su grave enfermedad, y animado por las críticas favorabilísimas del disco con su integral sinfónica (en el sello VERSO), sacó fuerzas no sé de dónde para escribir su última obra, en la que quería saldar su gran deuda: “releer a su manera” la técnica serial, que había rechazado toda su vida. Nació así su Segunda sinfonía, dedicada a su Valladolid natal, con el título de El pinar perdido. La primera redacción le dejó algunas dudas, sobre las que debatíamos estos últimos meses en largas conversaciones telefónicas. Pero era muy evidente que ya le faltaban las fuerzas, y finalmente se limitaba a dictarme algunas modificaciones y sugerencias sobre la obra y sobre el futuro de su música en general.

Eran las últimas reflexiones sabias que escuché de boca de un creador profundamente honesto, sabio y lúcido. Un eslabón perdido en la música española. Ahora nos toca a nosotros disfrutar de su legado y reintegrarle en el devenir de la mejor cultura española de su tiempo.     





 




Con la misma discreción con la que realizó siempre su trabajo, pasó el maestro José María Franco Gil estos últimos años retirado de la vida musical, en el sentido “social” de la expresión. Hasta que hace unos días corrió entre todos quienes le quisimos la triste noticia de su fallecimiento.

Con su desaparición, a los 85 años, se nos va una parte de la vida musical española de varias décadas. Pues tanto por su propia valía como en cuanto hijo del excelente compositor, pianista y musicógrafo José María Franco Bordóns y de la gran figura intelectual que fue su madre, Consuelo Gil, vivió desde la cuna rodeado de músicos y artistas. Fue, por ejemplo, el último discípulo de maestro Arbós, que sólo por amistad con su padre accedió a darle clases de violín, pese a estar ya retirado y ciego. Era una de las pocas personas vivas que aún habían charlado con Joaquín Turina, con Conrado del Campo o con Jacinto Guerrero. Todo ello y su peculiar sentido del humor (un humor leve e inteligente) le hacían conversador inagotable. Pero debo decir que su mayor frustración –discreta, como todo en él- fue siempre el desinterés de la música española hacia la obra de su padre, a quien adoraba y admiraba.

Había nacido en Madrid en 1927. Además de excelente músico era Ingeniero Industrial. Tras estudios musicales con Arbós, con su padre y en el conservatorio madrileño, estudia la dirección de orquesta en París, Hilversum y Siena. Su primera titularidad será la de la Orquesta Nacional de Guatemala (1960-1964). Luego, volverá a menudo al podio de varias orquestas americanas. En España se hará cargo de la entonces muy activa Orquesta de Cámara de Madrid, sucediendo a su fundador, Ataúlfo Argenta. Entre otras mil colaboraciones –Orquesta Nacional, Sinfónica de Madrid…-, fundamental fue su trabajo al frente del Grupo Alea, desde su creación hasta principios de los años 70. Muchos le conocimos en los conciertos en el Teatro Real con motivo del muy prestigioso concurso de Composición “Arpa de Oro”. Otros, en su trabajo de concertación y montajes operísticos en la Escuela Superior de Canto, donde fue catedrático desde su fundación. Por supuesto y entre medias, salidas al exterior como promotor y embajador de la nueva música española: Alemania, Polonia, Bélgica, Estados Unidos…

Con pena he comprobado en estos días de su fallecimiento que hay ya toda una generación de músicos españoles a los que su nombre poco o nada les dice. Y es que él no fue nunca un “director estrella”, ni cobró millonadas por sus conciertos. Pero que estas nuevas generaciones sepan que sin José María Franco Gil el brillante panorama musical español que han (¡hemos!) heredado, hubiera sido mucho más pobre.












Quienes nos consideramos «discípulos clandestinos» de Rafael Frühbeck hemos prodigado a lo largo de décadas las mayores alabanzas a nuestro maestro, muchas de las cuales son glosadas, con toda justicia, en estas horas inmediatas a la noticia de su fallecimiento. Pero hay algo que nunca perdonaremos –dicho sea con cariño infinito- a quien marcó toda una manera de entender la dirección orquestal en el panorama nacional e internacional: su permanente negativa a enseñar, su declinación sistemática a ofrecer cursos y seminarios reglados. Todo lo más, alguna clase magistral aislada. No tengo noticia –tampoco la certidumbre total- de que el maestro haya ofrecido nunca cursos sistemáticos que tanto se le solicitaron por organizaciones y alumnos de too el mundo.

Pero puedo aportar hoy una «clase magistral póstuma» que presencié accidentalmente de nuestro querido maestro. Para quien comparta nuestra profesión le será de utilidad inmensa. Para quien le admire como aficionado, le retratará en apenas un par de líneas:

Final de un ensayo con «su» Orquesta Nacional, en «su» Auditorio Nacional. Debía ser 1993, más o menos. Un enviado de uno de los principales festivales españoles aguardaba en la cafetería a poder abordar a Frühbeck a la salida para ofrecerle, para rogarle, un curso de dirección orquestal de una semana completa, con las condiciones que él quisiera, y con un cheque en blanco como honorarios. Víctor Martín, concertino tantos años de dicha formación, se había ofrecido como intermediario, pero no era nada optimista sobre la gestión.

Salió el maestro del camerino, apresuradamente, como siempre. Víctor presentó al emisario y yo presenciaba la escena. Frühbeck escuchó apresurado a su interlocutor, a cuya oferta no dedicó más consideración que la mínima de cortesía, con evidentes signos de prisa por cerrar la conversación, cosa que sucedió en menos de un minuto. El emisario, fracasado sin remedio, quedó cabizbajo e hizo ademán de regresar a la cafetería a ahogar su derrota quizá en una tila. Cuando los tres los situamos junto al mostrador, el maestro Frühbeck regresó inesperadamente, quizá apesadumbrado por su rotundidad frente a la cortesía del emisario (Frühbeck era hombre de «prontos» pero sabía razonar sus juicios) y dirigiéndose a él le dijo con convencimiento extremo: «- Mire usted, no es que yo no quiera enseñar a dirigir, como la gente dice, es que para ser un buen director de orquesta sólo hacen falta dos cosas: tener clarísimo aquí [llevándose el dedo índice a la frente] qué tiene que sonar exactamente, y saber cómo conseguirlo de cien profesores en el menor tiempo posible. Todo lo demás es marear la perdiz.» Y sin esperar nueva respuesta, volvió a desaparecer por la puerta.

En su laconismo y rotundidad, esta frase iluminó mis conocimientos de dirección mucho más que varios cursos tediosos y teoricistas y la pongo a disposición de quien quiera también aprender de ella. Porque retrata a las mil maravillas la actitud sobre el podio de un maestro que hoy nos deja a muchos un poco huérfanos.


 

En la muerte de Luis de los Cobos
(noviembre de 2012)

En la muerte de José María Franco Gil
(febrero de 2013)

José Luis Temes (2012)

En la muerte de Rafael Frühbeck de Burgos
(junio de 2014)

 

UNA LECCIÓN DEL MAESTRO QUE NO QUERÍA ENSEÑAR

José Luis Temes (2013)

José Luis Temes (2014)

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